La Directiva de Servicios de la Unión Europea recomienda la liberalización del sector servicios en todas sus actividades lo que, desde un punto de vista liberal, es la mínima condición exigible a una economía: que nadie tenga privilegios y que nadie sufra agravios a partir de un decreto legislativo o ejecutivo. Pero también es una condición sine qua non para alcanzar y disfrutar de un sistema de libre mercado el cumplimiento de los contratos.
Para desgracia de los adanistas que nos gobiernan, las sociedades y los sistemas económicos de relación entre las personas no empiezan de cero. Un ejemplo claro es el sector del taxi. Si pasáramos a hacer una liberalización instantánea del sector del taxi, cualquiera que cumpliera la ley podría ejercer de taxista mañana mismo. La ley debería imponer para todos por igual el uso de vehículos homologados, la publicidad de tarifas o el límite de horas trabajadas por conductor a la semana.
Sin embargo, la realidad es que nuestro sector del taxi no nace mañana. Tiene muchos años de historia. Y muchos de nuestros taxistas han adquirido compromisos con el Estado en forma de licencias, algunas de las cuales tienen costes de entre 100.000 y 200.000 euros. Algunos dejaron de estudiar para poder asumir la licencia del padre, otros tomaron decisiones vitales al respecto del que iba a ser su oficio. Esas licencias son un contrato que el Estado tiene firmado con los taxistas. Y el Estado, los políticos, está obligado a cumplirlo.
Consulto en Internet la cifra de 80.000 taxistas. Pongamos un precio de cada licencia de 150.000 euros más otros 50.000 euros de compensación por inversiones y otros 100.000 de reconversión, que ya nos gustaría en muchas reconversiones. Por establecer una comparación, mantener cada puesto de trabajo de minero nos cuesta anualmente 200.000 euros.
Así pues tenemos que al Estado le costaría como mínimo unos 24 mil millones de euros rescindir los contratos con los taxistas. Y a ver quién entra a competir en un sector en el que los que ya están compitiendo tienen dinero fresco, experiencia y red de trabajo.
Por eso la única vía para liberalizar con éxito el sector del taxi, entre otros, es el diálogo y el buen hacer. Nada de andar con filtraciones y publirreportajes interesados como si fueran controladores aéreos al más puro estilo agit-prop que tanto estilan.
Con diálogo y buen hacer es como hizo el gobierno de José María Aznar, y aquí va mi segundo ejemplo claro de sector a liberalizar, en el caso de Telefónica.
Tras el felipismo, el PP se encuentra empresas públicas sobredimensionadas e ineficientes. Recordemos que en 1996 Telefónica tenía 70.000 empleados mientras en EEUU una operadora privada con el mismo número de abonados funcionaba con menos de 7.000. Y en España, al no tener más oferta que la pública, solicitar una línea de teléfono se podía demorar ¡seis meses! ¿La cartilla de racionamiento del teléfono?
Para una liberalización no distorsionada de Telefónica se debería haber prescindido de las nóminas, perdón de los servicios de, pongamos, 60.000 personas, muchas de ellas con suculentas nóminas gracias a los gobiernos anteriores del PSOE. Pero el Estado debía cumplir sus contratos y así lo hizo y una vez desnacionalizada, aunque lejos de un escenario ideal, podíamos tener línea de teléfono en apenas unos pocos días.
Mención aparte hubiera sido el riesgo social de tener en las calles a millares de progresistas liberados muy enfadados con un gobierno y con el partido que le daba soporte, sobre todo sabiendo cómo se las gastan. Y es que a la hora de defender sus privilegios algunos son terriblemente violentos sobre todo con los que sufren el agravio de tener que mantener esos privilegios. Ya saben, la consigna contra los emprendedores del “que no se aprovechen”. Pero no es este el tema que ocupa este artículo.
Es a partir de esta convicción del necesario cumplimiento de los contratos por la que hay que llevar a cabo las reformas con firmeza y desde la moderación y el diálogo. Es la única manera civilizada de hacer progresar un país.
Los políticos deben, debemos, asumir la situación que heredan. Algunos como José Luís Rodríguez Zapatero heredaron una economía saneada que lideraba la creación de empleo en Europa aunque no exenta de algunas deficiencias y otros heredan como le pasara a José María Aznar o como le pasará a Mariano Rajoy países prácticamente al borde del abismo.
¿Será por eso que dicen que la política no son cargos sino cargas?

me ha gustado mucho su articulo. es la primera vez que le oigo algo coherente a un politico porque la mayoria hablan sin saber lo duro que es.